lunes, 8 de noviembre de 2010
134.
Hubo una vez en Sevilla, la ciudad donde naciste, una exposición llamada Universal. Fue allá por principios de los años noventa del siglo XX. Multitud de países enviaron a sus representantes y construyeron una ciudad efímera donde el plástico y el cristal extendían su ambición por encima del ladrillo y el cemento. Todo fueron parabienes, modernidades y retórica. También dinero, mucho dinero y la corrupción que siempre lo acompaña cuando se junta con el poder político. Visitaste muchos pabellones, denominación oficial de esas casetas de diseño y fanfarria que constituían el orgullo del tingladillo. Probaste muchos platos más y menos exóticos. Y tuviste una pequeña iluminación. En el sentido primario de este término: la constatación de una realidad evidente que otras presencias más apabullantes ocultan y cuyo desvelamiento conduce a un nivel superior de saber y, por ahí, de conducta. Fue en el pabellón de la Comunidad Europea. Entonces no era aún Unión Europea. Paseando por los laberintos del pabellón te diste cuenta de que la historia de Europa es el relato de una continua guerra de todos contra todos. Eso es sabido, pero en aquella ocasión, se te presentó con claridad desbordante. ¿Cómo unir unos pueblos cuyas relaciones están más llenas de sangre que de sonrisas? El colofón de esa historia llena de muerte y desolación es el siglo XX. En el solar del Viejo Continente se gestaron las ideologías más terribles y las excusas más elaboradas para el exterminio. Aquí nació el nacionalsocialismo con sus campos de concentración y nació el comunismo, con sus cien millones de asesinados a sus espaldas. Sin el comunismo nacido en Europa, hubieran sido imposibles las matanzas de Mao en China y las de Pol Pot en Camboya; sin el militarismo colonial europeo y los fascismos no hubiera sido posible el Japón expansionista de las primeras décadas del siglo XX. Son escuetos ejemplos de la universalidad de esa parte maligna de la mente europea. Las llanuras, los ríos y las montañas de Europa contemplaron las dos guerras más aniquiladoras y sangrientas de la humanidad, en la que sus víctimas se cuentan por millones y en todas las escalas de la vida humana, desde ancianos hasta recién nacidos. La luz que el cristianismo y la Ilustración difundieron por el mundo estaba envuelta en un insidioso papel de regalo de color púrpura oscuro. Todo cambió tras las mareas de sangre que inundaron esta tierra durante la II Guerra Mundial. Tan radical fue su capacidad de aniquilación que los europeos no han vuelto a dirigir sus armas unos contra otros. Salvo el paréntesis de los siempre convulsos Balcanes durante los años noventa, claro está.
domingo, 7 de noviembre de 2010
133.
Umberto Eco es un especialista en semiología, esa disciplina etérea que briega con el significado de los signos. También es un experto en el Medioevo. Leíste en su momento El nombre de la rosa y te gustó. Lees ahora Baudolino y la has terminado, detalle que dice que has podido degustarla en cierto modo, aunque con frecuencia el conocedor del mundo medieval venza al novelista. Eco es un erudito metido a literato. Domina la técnica y la gestiona con destreza artesanal. Aunque la hayas disfrutado en ciertos momentos, has debido saltarte alguna que otra página porque el despliegue del bestiario medieval o las delicadezas silogísticas de aquella cultura te resultaban cargantes. La trama no acaba de enlazarse con soltura y da a veces la impresión de costurones. Está bien, pero no es una excelente novela.
Umberto Eco, Baudolino, trad. de Helena Lozano Miralles, Barcelona, Lumen, 2001.
Umberto Eco, Baudolino, trad. de Helena Lozano Miralles, Barcelona, Lumen, 2001.
sábado, 6 de noviembre de 2010
132.
Ante un europeo integral como Stefan Zweig, te duele el sentimiento hipercrítico con la historia y la cultura europea que los propios habitantes del continente manifiestan continuamente. No necesitan que vengan de fuera a resaltar todo aquello que de negativo ha brotado en su solar. Se bastan y se sobran para denigrarse los propios europeos. La tradición cultural se desprecia a favor de otras manifestaciones calificadas de más genuinas y más puras. Los logros de la ciencia europea se perciben como el preludio del Apocalipsis. Las concepciones políticas alcanzadas tras milenios de pugna por la libertad del individuo, se desprecian por ser estimadas como simples manifestaciones de un orden social sucio, corrupto e injusto. Los europeos se están despojando con vergüenza de su cultura. En otras ocasiones, no se ocultan ante los ojos del resto del mundo con el rostro enrojecido, sino que se dejan envolver en la pasividad y en la indiferencia ante lo que fue y es Europa. Y como es tanto el rechazo a lo europeo, la inquina hacia los EE.UU. se pavonea por doquier en los centros neurálgicos de la intelligentsia del Viejo Continente, bien consciente como es de que en el norte de América ha cuajado el logro más elaborado del ideal europeo. Te apena este desprecio y esta ceguera que no llevará más que a la extinción cultural de Europa.
viernes, 5 de noviembre de 2010
131.
Zweig mira su infancia con los ojos de todos los niños que han sido felices. Aquel mundo no fue idílico, como ninguno antes y ninguno después; pero te regala una visión que te agrada. Para entender sus palabras debes pensar en su origen judío y en la posición que la burguesía judía ocupaba en Viena durante el Imperio. Bien te dice Hannah Arendt en uno de sus libros que los judíos de Galitizia o de Rutenia no pasaban de ser pobres campesinos incultos despreciados por todos. Pero Zweig era un joven nacido en el hogar de una familia judía cuya situación había sido favorecida por las atenciones que los Habsburgo habían vertido sobre su linaje. También Arendt da cuenta de esas diferencias entre los estratos sociales de los hijos de Moisés y de cómo esa cercanía a la más alta institución del estado provocó las envidias y los resentimientos de otros sectores que pensaban eran los únicos merecedores de los favores imperiales. No te extraña que añorase sus primeros años protegido por el manto del monarca y por la clara noción de que el campo de desarrollo de los judíos era el terreno de sus propias capacidades intelectuales, ya que otros ámbitos les estaban vedados. Tampoco te extraña que tras los años de huida, perseguido por el antisemitismo europeo, acabase sus días en Brasil, suicidado junto a su esposa, en plena II Guerra Mundial, abandonado de esperanzas y desilusionado por la pérdida de todos aquellos valores que sustentaron su existencia. Con la muerte de Zweig moría una idea de Europa y triunfaba la barbarie.Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Madrid, Alianza, 2006. Véase en especial la primera parte: “Antisemitismo”, páginas 65-207.
jueves, 4 de noviembre de 2010
130.
Pertenecía el relato que sigue a un proyecto de libro. Querías escribir una serie de monólogos puestos en boca de heroínas de la mitología griega donde se expresarían en un modo diferente al que nos han transmitido las viejas leyendas. Desistes de intentar perseguir a lazo quien lo publique. Hoy en día los mitos griegos son desconocidos incluso por los lectores cultos y es preciso conocer la versión tradicional para valorar el giro que imprimes al asunto. Y no era cuestión de encabezar el libro con un pequeño tratado de mitología ni advertir al lector que debe acudir a los libros o a internet para ponerse al día. Por otro lado, estás cansado de que lo que escribes no interese a nadie tanto como para gastarse unos euros en comprar tus libros. Así que vas a ir poniéndolos en este blog. Y que los lectores sean comprensivos.
ISMENA
Nunca resultó fácil ser hija de Edipo. Interpretad esta primera frase como una excusa, si queréis. La he usado en innumerables ocasiones y siempre fue recibida por quienes la oían con un gesto de asombro, al que seguía el horror y, finalmente, la compasión. Nunca fue fácil haber sido hija de un padre incestuoso, del que era, al mismo tiempo, hermanastra. Tampoco lo fue soportar sobre mis hombros la maldición que los dioses habían decretado sobre mi padre y sus descendientes. Creedme que no resulta sencillo intentar comprender la razón de esa permanencia de la culpa más allá de las vidas de sus perpetradores. Pero no es tarea de un mortal someter a razones la voluntad de los dioses y no seré yo quien encabece la fila de los que pretenden poner en cuestión la mente de los inmortales. Yo menos que nadie, como podréis comprender. Porque los dioses no me concedieron el empuje de mi hermana, ni la ambición de mis hermanos y menos aún la dignidad de un padre que, al ser consciente de su destino, emprendió el camino por el sendero más áspero y decidió seguirlo sin reproches a nada ni a nadie. Ni siquiera mi madre dejó en mí rastros de su coraje al suicidarse. Ninguna de esas cualidades me adornó mientras pisaba la tierra de los vivos. No obstante, algo dejaron caer sobre mis hombros los dioses; pero hay discrepancias sobre su aspecto. Quienes se sienten solidarios con mi peripecia sostienen que fui símbolo de lo razonable, de lo comedido; que mis palabras y mis actos eran la manifestación de un espíritu realista y equilibrado. Almas bondadosas, sin duda, pero equivocadas. El sello que estaba impreso sobre mi corazón era el baldón de la cobardía. Otros lo han visto así y lo han expresado, aunque hayan tenido que enfrentarse con esa visión embellecida que cree ver los tiempos antiguos orlados de hermosos tejidos donde la sabiduría, el valor, la gallardía y la belleza se entretejen en una tela coloreada de los más armónicos tonos. No fue así, por más que la imaginación de las generaciones posteriores adornaran de comprensibles ornamentos la realidad de nuestros viejos días, tan agónica y llena de zozobra como los de las infinitas generaciones de mortales que se han sucedido y se sucederán hasta el incendio final del ciclo que vivimos. Mi realidad era tan elemental como la de cualquier otro, aunque se viera rodeada de circunstancias extremas. Y mi respuesta fue la cobardía ante la decisión de mi hermana Antígona. Mientras vivió mi padre, cumplí con mis obligaciones de hija y lo acompañé hasta su muerte. En esa labor no era necesario hacer gala de cualidades sobresalientes. Es fácil para una hija amar a su padre. La única virtud que debe mostrarse es la paciencia. Nada de arrojo, ni de empuje; nada de iniciativa, ni previsiones. Sólo se espera de una que obedezca los deseos del anciano a cuyo lado pasas los días y las noches. Se espera que te muestres dócil y aceptes con resignación las veleidades de quienes, al ver cercano su final, creen compensar la despedida con un retorno imposible a los días de la infancia. Ser una hija amorosa con un padre es más fácil que enfrentarse a la muerte ante alguien poderoso. Sobre todo, si pensamos que el resultado final de las atenciones filiales es la liberación en el momento de la muerte de quien provoca los desvelos. En cambio, cuando uno se enfrenta al poderoso, el resultado final es la propia desgracia, la propia muerte. Y en ese momento creí que ya había sufrido bastante. Mi vida había sido una peregrinación desde que aquel infausto día que mi padre fue consciente de la trampa que los dioses le habían tendido y decidió aceptar sus consecuencias. Marchábamos de un lugar a otro mientras en Tebas mis hermanos se peleaban alrededor de un trono mancillado por la infamia y la desdicha. ¿Debía yo perecer junto a mi hermana en razón de una historia llena de agravios a los dioses y a los hombres de las que no era responsable? El objeto de la lección de los dioses era mi padre. En él quisieron dar a entender a los mortales su insignificancia y sus admoniciones para que siempre tuvieran presentes en sus almas quiénes gobiernan el mundo. Edipo fue quien debía sobrellevar en sus hombros el peso de la educación del género humano. Bastante hice con cuidar de su alma y de su cuerpo hasta que expiró y dejó de arrastrar sobre la tierra su miserable condición de ser vivo. En cuanto a Etéocles y Polinices, mis hermanos, maldito sea el día en que nacieron. Allá ellos con sus ambiciones, con sus deslealtades, con sus rencillas, con sus conjuras, con ese amor desmedido por la sangre que comparten con todos los varones. Yo nos soy como ellos. Primero, porque soy mujer y no entiendo de combates, ni me interesan los cadáveres de los enemigos ni los placeres de quienes se sienten superiores. Segundo, porque haber nacido mujer es irrelevante para el hecho de no sentirme obligada a respetar unas normas que proceden de aquellos que han convertido mi vida en un suplicio. Si los dioses ordenan que los muertos sean enterrados, que cumplan esas leyes quienes consideran oportuno obedecerles. Por nada arriesgaría mi vida para enterrar a un ambicioso y cumplir así unos preceptos que difícilmente pueden ser justos cuando provienen de quienes en modo alguno se han comportado justamente. Al fin, mi destino fue el mismo que padecen todos los mortales. En el Hades no hay diferencia entre quienes han sido honrados y quienes han sido criminales. Y no creáis a aquellos poetas que en algún momento de sus obras pusieron en mi boca unas palabras de compañía para mi hermana. Nunca fue mi voluntad hacerme responsable con ella de transgredir el decreto que mi tío Creonte había promulgado. Jamás lo hice. Para aquellos viejos escritores la cobardía era algo tan inconcebible que debía adornar mi papel en su obra con un toque de gallardía, de solidaridad con mi hermana, tan llena de ceguera, tan soberbia. Cuando reconoció su delito, yo, que estaba a su lado en el salón del palacio, aseguré que nada tenía que ver con el hecho, que todo había sido invención y obra de Antígona, que yo estaba en mis aposentos del palacio tejiendo, labor propia de mujeres. Y puse a los pies de Creonte la tela que estaba elaborando para un peplo que deseaba vestir durante los festivales en honor de Cadmo, el fundador de Tebas, el antepasado de Creonte y de nuestra familia. Antígona me miró con una sonrisa. Nada hubo se reproche en su mirada, sino de comprensión. Por eso la admiré siempre y la quise. No por ser la heroína de quienes piensan que los dioses están antes que los poderosos de este mundo, sino porque, en medio de su soberbia, de su obstinación, de su infructuoso valor, ardía una llama de amor y de comprensión hacia las debilidades humanas. Así murió, agitadamente, como murieron todos los de la estirpe de Edipo, salvo yo. Mis días se apagaron plácidos en mis aposentos del palacio de Tebas y no quise tener hijos para que la maldición de los dioses no tuvieran carne en la que cebarse nunca más. La ancianidad y la muerte llegaron como una ligera brisa en ese verano con sol despiadado que es la vida. Pensad, decid y haced lo que se os antoje, porque no me importa. Poco puede impresionar ni en la vida ni en la muerte a la que fue hija de Edipo, que vivió como una cobarde, pero murió anciana y en paz.
ISMENA
Nunca resultó fácil ser hija de Edipo. Interpretad esta primera frase como una excusa, si queréis. La he usado en innumerables ocasiones y siempre fue recibida por quienes la oían con un gesto de asombro, al que seguía el horror y, finalmente, la compasión. Nunca fue fácil haber sido hija de un padre incestuoso, del que era, al mismo tiempo, hermanastra. Tampoco lo fue soportar sobre mis hombros la maldición que los dioses habían decretado sobre mi padre y sus descendientes. Creedme que no resulta sencillo intentar comprender la razón de esa permanencia de la culpa más allá de las vidas de sus perpetradores. Pero no es tarea de un mortal someter a razones la voluntad de los dioses y no seré yo quien encabece la fila de los que pretenden poner en cuestión la mente de los inmortales. Yo menos que nadie, como podréis comprender. Porque los dioses no me concedieron el empuje de mi hermana, ni la ambición de mis hermanos y menos aún la dignidad de un padre que, al ser consciente de su destino, emprendió el camino por el sendero más áspero y decidió seguirlo sin reproches a nada ni a nadie. Ni siquiera mi madre dejó en mí rastros de su coraje al suicidarse. Ninguna de esas cualidades me adornó mientras pisaba la tierra de los vivos. No obstante, algo dejaron caer sobre mis hombros los dioses; pero hay discrepancias sobre su aspecto. Quienes se sienten solidarios con mi peripecia sostienen que fui símbolo de lo razonable, de lo comedido; que mis palabras y mis actos eran la manifestación de un espíritu realista y equilibrado. Almas bondadosas, sin duda, pero equivocadas. El sello que estaba impreso sobre mi corazón era el baldón de la cobardía. Otros lo han visto así y lo han expresado, aunque hayan tenido que enfrentarse con esa visión embellecida que cree ver los tiempos antiguos orlados de hermosos tejidos donde la sabiduría, el valor, la gallardía y la belleza se entretejen en una tela coloreada de los más armónicos tonos. No fue así, por más que la imaginación de las generaciones posteriores adornaran de comprensibles ornamentos la realidad de nuestros viejos días, tan agónica y llena de zozobra como los de las infinitas generaciones de mortales que se han sucedido y se sucederán hasta el incendio final del ciclo que vivimos. Mi realidad era tan elemental como la de cualquier otro, aunque se viera rodeada de circunstancias extremas. Y mi respuesta fue la cobardía ante la decisión de mi hermana Antígona. Mientras vivió mi padre, cumplí con mis obligaciones de hija y lo acompañé hasta su muerte. En esa labor no era necesario hacer gala de cualidades sobresalientes. Es fácil para una hija amar a su padre. La única virtud que debe mostrarse es la paciencia. Nada de arrojo, ni de empuje; nada de iniciativa, ni previsiones. Sólo se espera de una que obedezca los deseos del anciano a cuyo lado pasas los días y las noches. Se espera que te muestres dócil y aceptes con resignación las veleidades de quienes, al ver cercano su final, creen compensar la despedida con un retorno imposible a los días de la infancia. Ser una hija amorosa con un padre es más fácil que enfrentarse a la muerte ante alguien poderoso. Sobre todo, si pensamos que el resultado final de las atenciones filiales es la liberación en el momento de la muerte de quien provoca los desvelos. En cambio, cuando uno se enfrenta al poderoso, el resultado final es la propia desgracia, la propia muerte. Y en ese momento creí que ya había sufrido bastante. Mi vida había sido una peregrinación desde que aquel infausto día que mi padre fue consciente de la trampa que los dioses le habían tendido y decidió aceptar sus consecuencias. Marchábamos de un lugar a otro mientras en Tebas mis hermanos se peleaban alrededor de un trono mancillado por la infamia y la desdicha. ¿Debía yo perecer junto a mi hermana en razón de una historia llena de agravios a los dioses y a los hombres de las que no era responsable? El objeto de la lección de los dioses era mi padre. En él quisieron dar a entender a los mortales su insignificancia y sus admoniciones para que siempre tuvieran presentes en sus almas quiénes gobiernan el mundo. Edipo fue quien debía sobrellevar en sus hombros el peso de la educación del género humano. Bastante hice con cuidar de su alma y de su cuerpo hasta que expiró y dejó de arrastrar sobre la tierra su miserable condición de ser vivo. En cuanto a Etéocles y Polinices, mis hermanos, maldito sea el día en que nacieron. Allá ellos con sus ambiciones, con sus deslealtades, con sus rencillas, con sus conjuras, con ese amor desmedido por la sangre que comparten con todos los varones. Yo nos soy como ellos. Primero, porque soy mujer y no entiendo de combates, ni me interesan los cadáveres de los enemigos ni los placeres de quienes se sienten superiores. Segundo, porque haber nacido mujer es irrelevante para el hecho de no sentirme obligada a respetar unas normas que proceden de aquellos que han convertido mi vida en un suplicio. Si los dioses ordenan que los muertos sean enterrados, que cumplan esas leyes quienes consideran oportuno obedecerles. Por nada arriesgaría mi vida para enterrar a un ambicioso y cumplir así unos preceptos que difícilmente pueden ser justos cuando provienen de quienes en modo alguno se han comportado justamente. Al fin, mi destino fue el mismo que padecen todos los mortales. En el Hades no hay diferencia entre quienes han sido honrados y quienes han sido criminales. Y no creáis a aquellos poetas que en algún momento de sus obras pusieron en mi boca unas palabras de compañía para mi hermana. Nunca fue mi voluntad hacerme responsable con ella de transgredir el decreto que mi tío Creonte había promulgado. Jamás lo hice. Para aquellos viejos escritores la cobardía era algo tan inconcebible que debía adornar mi papel en su obra con un toque de gallardía, de solidaridad con mi hermana, tan llena de ceguera, tan soberbia. Cuando reconoció su delito, yo, que estaba a su lado en el salón del palacio, aseguré que nada tenía que ver con el hecho, que todo había sido invención y obra de Antígona, que yo estaba en mis aposentos del palacio tejiendo, labor propia de mujeres. Y puse a los pies de Creonte la tela que estaba elaborando para un peplo que deseaba vestir durante los festivales en honor de Cadmo, el fundador de Tebas, el antepasado de Creonte y de nuestra familia. Antígona me miró con una sonrisa. Nada hubo se reproche en su mirada, sino de comprensión. Por eso la admiré siempre y la quise. No por ser la heroína de quienes piensan que los dioses están antes que los poderosos de este mundo, sino porque, en medio de su soberbia, de su obstinación, de su infructuoso valor, ardía una llama de amor y de comprensión hacia las debilidades humanas. Así murió, agitadamente, como murieron todos los de la estirpe de Edipo, salvo yo. Mis días se apagaron plácidos en mis aposentos del palacio de Tebas y no quise tener hijos para que la maldición de los dioses no tuvieran carne en la que cebarse nunca más. La ancianidad y la muerte llegaron como una ligera brisa en ese verano con sol despiadado que es la vida. Pensad, decid y haced lo que se os antoje, porque no me importa. Poco puede impresionar ni en la vida ni en la muerte a la que fue hija de Edipo, que vivió como una cobarde, pero murió anciana y en paz.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
129.
Mientras estabas en el hospital, un familiar te regaló con inmejorable acierto El mundo de ayer de Stefan Zweig. En ese momento no pudiste leerlo porque una de las secuelas de tu enfermedad te mantenía los ojos dando vueltas sin cesar y te impedía fijar la vista. Cuando pudiste leer, te abismaste en la lectura del libro y volviste a sentir la fuerza amable del vienés. Tras el prefacio, sus primeras palabras suenan como una campanada en el lector: Si busco una fórmula práctica para definir la época de antes de la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí y me crié, confío en haber encontrado la más concisa al decir que fue la edad de oro de la seguridad. Todo en nuestra monarquía austríaca casi milenaria parecía asentarse sobre el fundamento de la duración, y el propio Estado parecía la garantía suprema de esta estabilidad. Los derechos que otorgaba a sus ciudadanos estaban garantizados por el Parlamento, representación del pueblo libremente elegida, y todos los deberes estaban exactamente delimitados. Nuestra moneda, la corona austríaca, circulaba en relucientes piezas de oro y garantizaba así su invariabilidad. Todo el mundo sabía cuánto tenía o cuánto le correspondía, qué le estaba permitido y qué prohibido. Todo tenía su norma, su medida y su peso determinados. Quien poseía una fortuna podía calcular exactamente el interés que le produciría al año; el funcionario o el militar, por su lado, con toda seguridad podían encontrar en el calendario el año en que ascendería o se jubilaría. Cada familia tenía un presupuesto fijo, sabía cuánto tenía que gastar en vivienda y comida, en las vacaciones de verano y en la ostentación y, además, sin falta reservaba cuidadosamente una pequeña cantidad para imprevistos, enfermedades y médicos. Quien tenía una casa la consideraba un hogar seguro para sus hijos y nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación; cuando un lactante dormía aún en la cuna, le depositaban ya un óbolo en la hucha o en la caja de ahorros para su camino en la vida, una pequeña “reserva” para el futuro. En aquel vasto imperio todo ocupaba su lugar, firme e inmutable, y en el más alto de todos estaba el anciano emperador; y si éste se moría, se sabía (o se creía saber) que vendría otro y que nada cambiaría en el bien calculado orden. Nadie creía en las guerras, las revoluciones ni las subversiones.
Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2002. Páginas 17-18.
Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Barcelona, Acantilado, 2002. Páginas 17-18.
martes, 2 de noviembre de 2010
128.
La vida es tan corta y los libros son tan numerosos. Tienes en lista de espera las novelas de Stefan Zweig. Le debes mucho. No sólo las horas de placer que experimentaste con sus obras, sino el descubrimiento de un mundo que ocupó tu vida durante muchos años. Recuerdas con ternura su biografía de la reina María Antonieta, con sus fuertes dosis de documentación, su estilo seductor, su tono de imparcial proximidad con la protagonista. Durante varios años, la leías antes de empezar el curso. Ha sido uno de los pocos libros al que le has dedicado la ceremonia de la relectura. La primera vez fue un devorar de páginas sin horas. Las sucesivas fueron descubrimiento de matices inadvertidos previamente. Te apasionaba la historia de esa mujer ignorante, inconsciente y frívola que todo lo tuvo a su alcance para terminar siendo la última de las últimas en el cadalso. Salvó el trance con dignidad, después de haber madurado en la desgracia, como le sucede a todo ser viviente. Luego, vinieron los Momentos estelares de la humanidad. La narración de la caída de Constantinopla te arrebató hasta tal punto que Bizancio se convirtió en el centro de tu atención intelectual durante decenios. Y terminaste por elaborar tu tesis doctoral sobre Ana Comnena, una princesa e historiadora bizantina del siglo XII. Más tarde reflexionaste sobre los lazos que podían conectar ambos episodios y descubriste que tanto la Reina de Francia como la ciudad de Constantino te llamaban la atención tan apasionadamente porque representan la destrucción de lo que ha sido bello y poderoso, la reducción a la nada de lo que un día vivió en unas condiciones admiradas y envidiadas. Aunque también pudiera ser que hubiera un ápice de indignación ante la barbarie asolando la armonía y la belleza.
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