Nuevo relato.
YA NADIE SE ACUERDA DE LOS MUERTOS
"Ya nadie se acuerda de los muertos". Los dos ancianos estaban sentados frente al estanque. Atardecía en el parque que amenizaba los bloques del barrio, mazacotes de edificios color ladrillo con una luz mortecina. A duras penas el sol conseguía arrancar de su superficie un pequeño destello de alegría al amanecer. "Hoy en día se muere uno y lo lloran unas horas. Luego, alguna lagrimita y algún suspiro. Y eso si eres afortunado y tienes quien guarde esos sentimientos hacia ti. La mayoría ni siquiera puede disfrutar de ese reconocimiento. Ya ni siquiera te entierran. No hay tumbas, no hay nichos donde vayan tus familiares a ponerte flores el aniversario de tu muerte o el día de los difuntos. Ahora te incineran y echan tus restos al río, con lo sucio que baja siempre. Ni siquiera tienen el detalle de irse un día a la orilla del mar, aunque sea con la excusa de pasar allí la jornada y comerse una paella en el chiringuito. Tampoco se molestan en salir al campo. No, tienen que soltar las cenizas en el río. ¿Te imaginas lo que puede ser acabar como pitanza de peces, esos peces tan asquerosos que medran entre el cieno y la basura? Los jóvenes tiran las fotos de los abuelos y los bisabuelos, y los hijos las guardan en unos álbumes desencuadernados que ya nunca volverán a abrirse. No hay retratos de los mayores en las casas. En su lugar ponen cuadros llenos de chafarrinones y pegotones de pintura que nadie entiende, pero que todos alaban. Corren malos tiempos para los muertos, Alfonso, malos tiempos." El anciano que escuchaba las palabras de su compañero también perdía su mirada en una lontananza que no llegaba más allá de unas copas detrás de las cuales sobrevolaban los últimos pisos de los bloques de ladrillo visto. Asentía a las quejas de su colega con un rictus de resignación. Unos niños perseguían a las palomas y unos jóvenes jugaban al fútbol en el césped. En una esquina del campo de hierba, una pareja se besaba sin reparos. "Mira a ésos," continuó el viejo "mira cómo se restriegan y se manosean en público. Sólo piensan en eso, sólo en eso. Si les preguntas quiénes fueron sus abuelos, seguro que ni se acuerdan. Y eso que ahora casi todos tienen la suerte de tener vivos a los cuatro. Y olvídate de que sepan quiénes fueron sus bisabuelos. Nosotros estábamos hechos de otra pasta. En casa guardamos la memoria de nuestros mayores durante generaciones. Pero cuando nos vinimos a la capital, todo acabó. Lo que más me duele es que hasta nosotros nos estamos volviendo como éstos. Ya ni me acuerdo de mis padres ni mis abuelos. Malos tiempos para quienes se marcharon, Alfonso, malos tiempos." El sol se iba poniendo. Ambos decidieron levantarse del banco y alejarse del parque. En su camino, pasaron por encima de aquella pareja hundida en besos y atravesaron el tronco de un enorme ficus que era el orgullo del barrio.
sábado, 30 de abril de 2011
viernes, 29 de abril de 2011
276.
La expresión clave para entender la estética de la literatura japonesa quizá pueda ser mono no aware. Unos la han traducido como lacrimae rerum, las lágrimas que se vierten por ser las cosas como son. Es la serena melancolía por la realidad amarga de la existencia. Detrás de lo que has leído está, siempre, mono no aware.
jueves, 28 de abril de 2011
275.
Sin embargo, percibes cómo detrás de una autora como Banana Yosimoto, tan apreciada también hoy en día, hay una falta de peso que no creo se deba a la traducción. Cuando terminas de leer sus novelas percibes que la suavidad del Japón se ha convertido en insustancialidad, que las historias son realmente banales, que carece de esos rasgos indescifrables que separan lo ridículo de los sublime, sumiendo lo segundo en lo primero. Deberías dedicarle tiempo al análisis literario o ser un académico para poder indagar en las razones que provocan esas dos sensaciones tan distintas entre las obras de Yosimoto o de un Kawabata, por ejemplo. Hay algo más en este último y algo menos en aquélla.
miércoles, 27 de abril de 2011
274.
Suele embargarte esa desorientación con la literatura japonesa que llevas leída hasta el momento. Como le sucede a los haikus, el grosor de la frontera entre lo ridículo y lo sublime es insignificante, por eso la cara de estupor cuando se lee un haiku traducido del japonés. Hay mil detalles que vuelan entre las manos del lector. La elección del ideograma, las referencias a la naturaleza, al zen, a la tradición literaria de Japón. Todo desaparece, se evapora y nos deja el sentido escueto, como si pretendiéramos hacernos a la idea de una joven hermosa mirando sólo su esqueleto. Intuyes que las obras de Yasunari Kawabata, Natsume Soseki u otros autores modernos participen de este espíritu sutil que permanece velado para nosotros mientras no seamos capaces de acercarnos a sus obras en la lengua original. En todo caso, te gusta, te subyuga la desorientación, porque estás cansado de la mirada agria, del improperio, de la crueldad, de la fealdad como objeto artístico. En Japón llevan siglos conviviendo con la melancolía del vivir y saben cómo afrontarla. Tan bien lo saben que cuando anega el corazón más de la cuenta, tienen más soltura que los occidentales en suicidarse, sin alharacas ni aspavientos. Para ellos el vacío no es tan pérfido porque han convivido con él desde el principio.
martes, 26 de abril de 2011
273.
Haruki Murakami es uno de los escritores más afamados actualmente. Te acercas a él con la curiosidad que te provocan los autores japoneses y lees Al sur de la frontera, al oeste del sol. De nuevo un protagonista masculino cuyo sentimiento del vacío vital es llenado por la presencia de una mujer intuida en la infancia y anhelada durante toda la vida. Un reencuentro casual, un acontecimiento desgraciado, una compañía, una noche de amor, la promesa de un futuro a su lado se desvanecen y dejan a Hajime, el protagonista, frente a la esencia vacua de su existencia sumida en una familia aparentemente feliz y con un entorno de bienestar. Como siempre, en estos japoneses, la ausencia de alboroto, de estridencias. Todo transcurre de un modo sereno, sin una voz más alta que otra. Hasta la pasión se entona en una atmósfera donde los gestos más entregados se celebran entre el susurro. Es una pena que no puedas leer el original en japonés. A buen seguro saldrían a la luz mil matices que una traducción, por buena que sea, debe dejar escapar. Intuyes que hay mucho más debajo de esa historia resignada de pasiones incumplidas y frustraciones sin rabia. Quizá sea fundamental la elección de los ideogramas, que, como sabes, dicen con sus trazos más de los que comunican los sonidos que les confieren los hablantes. Al final te quedas en suspenso. No sabes si es una historia más, banal como tantas otras que no merecerán nunca ni una línea, o si se trata de una pequeña obra maestra cuyas virtudes se escabullen entre los recovecos de las palabras en español.
Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol, trad. Lourdes Porta, Barcelona, Tusquets, 2008.
Haruki Murakami, Al sur de la frontera, al oeste del sol, trad. Lourdes Porta, Barcelona, Tusquets, 2008.
sábado, 23 de abril de 2011
272.
En el inevitable proceso de dar significado a las cosas, el ser humano lleva a pensar que la naturaleza es una madre. Curiosamente, ves en pleno siglo XXI el retorno al pensamiento primitivo, al pensamiento mágico y mítico en los ecologistas. Pero cuando conoces algunos efectos de esa madre sobre el género humano, la faz nutricia, protectora y amante supuestamente atribuida a esas figuras (las hay que son unas brujas) se sombrea de cumulonimbos. He aquí, hermanos, que los ecologistas vuelven a sacar del baúl polvoriento de esas religiones aborrecidas por ellos las viejas justificaciones de la desgracia humana: no es la madre la que nos mata, sino nuestra incuria ante sus mandatos. El viejo Dios de los libros redivivo en forma de mujer. Feminismo tenemos, pues. Pero la naturaleza no es buena ni mala. No es madre, ni esposa, ni hermana, ni prima, ni hija. Es, simplemente, naturaleza. Una fuerza que sólo ordena sobrevivir en los seres vivos y existir sin más en los inanimados. Como los dioses griegos, no tiene moralidad ni normas de comportamiento adheridas a un supuesto amor por los demás. De igual modo que si no pecas es porque Dios te recompensará con el paraíso, se debe tener cuidado con la Pachamama porque así sobreviviremos mejor. Nada de altruista hay en el ecologismo y sí el deseo de crear (de nuevo la utopía) un paraíso en la tierra. Tampoco se libran los ecologistas canónicos de las contradicciones. La pobreza, decían aquéllos, es interior. Nada obsta al mandato el disfrutar de lujosos bienes, si el corazón es pobre. Nada impide a los heraldos de la naturaleza viajar en avión, tener coches, someterse a radiografías o, cuando se tercie, comer buenos solomillos, siempre que el alma se reserve pura para la Madre. Van dados, pero mientras tanto, puede que pagues mucho más caras las patatas y en el Tercer Mundo sigan esperando el advenimiento de las sobras para seguir respirando.
viernes, 22 de abril de 2011
271.
De los siete relatos, cuatro breves, tres más largos, que has leído de Junichiroo Tanizaki, el titulado El cuento de un hombre ciego ha sido el que más has apreciado. Se trata de una novela breve de ambientación en el Japón del siglo XVI, donde las pendencias entre los señores feudales se desparramaban por la Tierra de los Dioses asolando campos y ciudades. Te ha recordado historias como las protagonizadas por el clan Heike. En el fondo, serpean la resignación ante la fugacidad de la vida y el sentido estricto del deber. Los demás relatos están poblados de seres con personalidades particulares, con unas obsesiones moderadamente dominantes conforme al genio japonés, que abomina de los excesos expresivos. Personajes extremos en su contención como un tatuador perfeccionista destruido por su mejor creación, hombres de ambigua relación con las figuras maternas, ladrones que cuentan su historia como si de otro se tratase y otras muestras de sushi literario. De todas formas, no te ha seducido. Sigue siendo Kawabata el que mora en tu particular cumbre de la literatura nipona. Y te ha molestado señaladamente que la traducción fuera del inglés, no del japonés. Aunque te diste cuenta cuando ya habías comprado el libro.
Junichiroo Tanizaki, Siete cuentos japoneses, trad. de Ángel Crespo y María Luisa Balseiro, Barcelona, Siruela/DeBolsillo, 2011
Junichiroo Tanizaki, Siete cuentos japoneses, trad. de Ángel Crespo y María Luisa Balseiro, Barcelona, Siruela/DeBolsillo, 2011
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