La principal dificultad que se encuentra a la hora de aprender un idioma extranjero es el vocabulario. El resto de factores intervinientes en el fenómeno de la lengua, por muy complejos que sean, es dominable; pero las decenas de miles de palabras son un muro de ladrillos que se debe erigir lentamente con la argamasa frágil y quebradiza de la memoria. Gracias a Google Translator, has podido leer con soltura una novelita de Stefan Zweig en alemán: Brennendes Geheimnis. La búsqueda de vocabulario es vertiginosa y los disparates de ese recurso son salvables con la consulta a otras páginas web. La obra es deliciosa. Hay un análisis tremendamente agudo de la psicología de un adolescente, de sus relaciones con los adultos y de la intuición de un fenómeno que parece ser la piedra de toque de la conducta de esos mismos adultos. Choca un tanto la ingenuidad de ese casi niño con lo que conoces hoy en día de los personajes de la misma edad, pero no debes olvidar que estás hablando de principios del siglo XX en un contexto que te recuerda las novelas de Thomas Mann centradas en la nobleza y en la alta burguesía. El estilo es rápido, aunque estés bregando con el alemán, lengua pesada como una división de Panzers. No te extraña que Zweig tuviera éxito en su tiempo: la obra tiene todos los ingredientes de la buena literatura: amenidad, interés y estilo.
Stefan Zweig, Brennendes Geheimnis, leída en versión digital descargada legalmente de http://www.gutenberg.org/ebooks/24173
martes, 8 de febrero de 2011
lunes, 7 de febrero de 2011
209.
Para entender algunos arcanos de las filosofías orientales, nada hay mejor que intentar equiparar sus conceptos fundamentales con los de la tradición occidental. El taoísmo es una vieja escuela china que tuvo una influencia determinante en el budismo cuando éste entró en el Imperio del Centro en el siglo III a.C. El lector de los textos fundamentales del taoísmo se encuentra delante de una especie de galimatías cuya comprensión le resulta difícil. Quizá sirva de aclaración que cuando Lao Tze dice que el tao lo es todo, nosotros debamos interpretar ese término como ser. Los diez mil seres de los que habla el Tao Te King es el mundo en sus infinitas manifestaciones al tiempo que en su esencial unidad. El ser, como el tao, es conceptos como amor u odio, patria o enemigo, el coche que conduces, la piedra que ves al lado de la carretera, la carretera misma, el equipo de fútbol que otros adoran, tus hijos y tus padres, los recuerdos de la lectura de un libro y todo cuanto puedas imaginar, sentir, recordar. La diferencia esencial reside en que Occidente tiende a pensar en el ser como algo estático e inmutable. Ésta es la base de su búsqueda de la sustancia como elemento constitutivo del ser. Ese ser estático no fue sólo una ocurrencia de Parménides, sino que la búsqueda de la sustancia, constante en la filosofía occidental, es una prolongación de esa determinación. Sólo Heráclito se acercó, como sabes, a concepciones parejas a las orientales. Frente a estas nociones, el taoísmo es tan consciente de la mutabilidad de todo lo existente, que su concepto esencial significa realmente camino. Así, para Oriente, el ser es un camino, con todas sus connotaciones de tránsito, cambio, paso, avance.
sábado, 5 de febrero de 2011
208.
Si fuera preciso ofrecer una muestra de la Europa germánica (Alemania y Austria) tras la I Guerra Mundial embridando diferentes vertientes de las artes y las letras, las dos novelitas que acabas de leer encajarían perfectamente. Tanto La tela de araña, como La rebelión, ambas de tu querido Joseph Roth, son la ilustración en literatura de cualquier cuadro del expresionismo alemán, de esa música que los jerarcas nazis llamaban “degenerada”, de la escultura y del ambiente que se vivía en las calles de Berlín o Viena. Ambas se centran en dos hombres cuya situación en el ambiente desquiciado posterior a 1918 es imposible de ajustar a un mundo que se derrumba. Son personas perdidas, un trasunto del propio Roth, que añoran el orden de lo que Zweig llamaba el mundo de ayer, esa taxonomía perfecta de los fenecidos imperios donde todo y todos tenían su lugar y el futuro era previsible. Cada uno de ambos pretende buscar su nuevo espacio sin conseguir más que una muerte mísera en el caso del protagonista de La rebelión y una frágil posición de aparente privilegio dentro del nuevo orden totalitario en el caso del protagonista de La tela de araña. Con el tiempo, el revolucionario Roth acabaría por añorar la vieja estabilidad que encabezaba el venerable emperador Francisco José. Se nota, por otra parte, que La tela de araña fue su primera novela publicada. El estilo es cortante, casi telegráfico a veces, frente a la algo posterior La rebelión, donde el autor se recrea algo más. En todo caso, dos buenas muestras de aquel genio austro-húngaro.
Joseph Roth, La rebelión, trad. F. Formosa, Barcelona, Acantilado, 2007; La tela de araña, trad. Javier Orduña, Barcelona, Acantilado, 2008.
Joseph Roth, La rebelión, trad. F. Formosa, Barcelona, Acantilado, 2007; La tela de araña, trad. Javier Orduña, Barcelona, Acantilado, 2008.
viernes, 4 de febrero de 2011
207.
Los medios de comunicación rebosan de pesimistas. Según sus predicciones, los seres humanos [occidentales] somos los responsables de que en breve nos achicharremos entre los vapores de océanos en ebullición, de que los desiertos devoren los bosques y las selvas. Aseguran que cada vez habrá más gente que morirá de hambre y epidemias. Nos avizoran un futuro en el que sólo podremos aspirar el hedor de la basura que creamos. En Occidente, las personas son cada vez más egoístas, solitarias, crueles, violentas y nocivas. La lista de horrores apocalípticos es larga y la solución a veces parece que se te señala en algo parecido como el regreso a los hechiceros de la tribu, a las bestias de tiro, a la leña y a las boñigas como solo abono. Entre los voceros del fin del mundo predominan los escritores, los eruditos dedicados a las antiguas disciplinas humanísticas y los descendientes de los filósofos, que ahora han abandonado su labor de observación imparcial del ser para abocarse a la crítica negativa y despiadada del mismo. Siempre y cuando este ser se encarne en Occidente, por supuesto. A ti, pobrecito hablador, te da por pensar que detrás de su pesimismo, de su mentalidad apocalíptica está el rencor por una lenta pérdida de su papel como guías de la sociedad. Su pesimismo no se fundamenta en un negro futuro del mundo y la humanidad, sino en lo oscuro del suyo propio. El mañana no es de ellos, sino de los científicos, que ya están elaborando una visión de lo humano basada en la ciencia. Que Bernard-Henri Lévy haya criticado a la ciencia en un congreso es bastante sintomático. Que los ecologistas abominen de esa misma ciencia como posible superadora del conflicto entre progreso y naturaleza, es también sintomático. Que los autodenominados políticos progresistas desprecien los descubrimientos de las neurociencias sobre las diferencias entre el cerebro masculino y femenino tildándolos de machistas es sintomático, nuevamente. Y no olvides (¡horror para los clérigos!) que la ciencia unida a la técnica es un invento exclusiva, original e imperecederamente occidental. Vamos hacia un nuevo paradigma y en ése los mandarines del conocimiento deben ir reciclándose. Desgraciadamente, la historia te demuestra que los mandarines suelen morir matando, ya sea simbólicamente como le pasó a Galileo, o físicamente, como le pasó a Miguel Servet.
jueves, 3 de febrero de 2011
206.
Una vieja leyenda cuenta que una vez un hombre quiso forrar de cuero el mundo para poder andar cómodamente por toda su extensión. Alguien, un sabio, le dijo que era mejor hacerse unas sandalias. No pretendas cambiar el mundo, cámbiate tu mismo. Tras esta historia antigua puedes apreciar, escondida entre las letras, el consejo de Marco Aurelio a los políticos: no persigas la utopía. Y tú añades: persigue sólo tu utopía íntima y personal, porque a nadie harás daño con ella ni a nadie se la impondrás, ni nadie se verá obligado a cargar con ella sobre sus hombros, ni te verás obligado a abrir campos de concentración donde reeducar y castigar a los remisos que se niegan a sentirse felices con tu pretendido paraíso sobre la tierra.
miércoles, 2 de febrero de 2011
205.
Sigue tu lectura de Polibio. Este fragmento te resulta sorprendentemente familiar. Parece como si estuviera retratando al peculiar pueblo español. Nihil novi sub sole y la élite intelectual moderna despreciando esto. La traducción, tuya.
[2] καὶ γὰρ αὕτη πλεονάκις μὲν ἴσως, ἐκφανέστατα δὲ τῇ Θεμιστοκλέους ἀρετῇ συνανθήσασα ταχέως τῆς ἐναντίας μεταβολῆς ἔλαβε πεῖραν διὰ τὴν ἀνωμαλίαν τῆς φύσεως. [3] ἀεὶ γάρ ποτε τὸν τῶν Ἀθηναίων δῆμον παραπλήσιον εἶναι συμβαίνει τοῖς ἀδεσπότοις σκάφεσι. [4] καὶ γὰρ ἐπ᾽ ἐκείνων, ὅταν μὲν ἢ διὰ πελαγῶν φόβον ἢ διὰ περίστασιν χειμῶνος ὁρμὴ παραστῇ τοῖς ἐπιβάταις συμφρονεῖν καὶ προσέχειν τὸν νοῦν τῷ κυβερνήτῃ, γίνεται τὸ δέον ἐξ αὐτῶν διαφερόντως· [5] ὅταν δὲ θαρρήσαντες ἄρξωνται καταφρονεῖν τῶν προεστώτων καὶ στασιάζειν πρὸς ἀλλήλους διὰ τὸ μηκέτι δοκεῖν πᾶσι ταὐτά, [6] τότε δὴ τῶν μὲν ἔτι πλεῖν προαιρουμένων, τῶν δὲ κατεπειγόντων ὁρμίζειν τὸν κυβερνήτην, καὶ τῶν μὲν ἐκσειόντων τοὺς κάλους, τῶν δ᾽ ἐπιλαμβανομένων καὶ στέλλεσθαι παρακελευομένων, αἰσχρὰ μὲν πρόσοψις γίνεται τοῖς ἔξωθεν θεωμένοις διὰ τὴν ἐν ἀλλήλοις διαφορὰν καὶ στάσιν, ἐπισφαλὴς δ᾽ ἡ διάθεσις τοῖς μετασχοῦσι καὶ κοινωνήσασι τοῦ πλοῦ· [7] διὸ καὶ πολλάκις διαφυγόντες τὰ μέγιστα πελάγη καὶ τοὺς ἐπιφανεστάτους χειμῶνας ἐν τοῖς λιμέσι καὶ πρὸς τῇ γῇ ναυαγοῦσιν. [8] ὃ δὴ καὶ τῇ τῶν Ἀθηναίων πολιτείᾳ πλεονάκις ἤδη συμβέβηκε· διωσαμένη γὰρ ἐνίοτε τὰς μεγίστας καὶ δεινοτάτας περιστάσεις διά τε τὴν τοῦ δήμου καὶ τὴν τῶν προεστώτων ἀρετὴν ἐν ταῖς ἀπεριστάτοις ῥᾳστώναις εἰκῇ πως καὶ ἀλόγως ἐνίοτε σφάλλεται. [9] διὸ καὶ περὶ μὲν ταύτης τε καὶ τῆς τῶν Θηβαίων οὐδὲν δεῖ πλείω λέγειν, ἐν αἷς ὄχλος χειρίζει τὰ ὅλα κατὰ τὴν ἰδίαν ὁρμήν, ὁ μὲν ὀξύτητι καὶ πικρίᾳ διαφέρων, ὁ δὲ βίᾳ καὶ θυμῷ συμπεπαιδευμένος.
En cierto modo, éste [el régimen democrático ateniense] tras un reconocidísimo esplendor gracias a las cualidades de Temístocles, en muchas ocasiones experimentó un rápido cambio en la dirección contraria debido a la inestabilidad de su naturaleza. Muy frecuentemente sucede que el pueblo ateniense se parece a las naves sin gobierno. En ellas, cada vez que en razón del miedo a la mar o a la presencia de una tempestad aparece en los marineros el impulso de actuar con serenidad y prestar atención al capitán, se ejecutan las maniobras de manera brillante. Pero cada vez que se envalentonan, comienzan a despreciar a los comandantes y a enfrentarse unos contra otros por la divergencia de pareceres, justo entonces, unos prefieren seguir navegando, otros instan al capitán para que eche el ancla, otros sacuden fuera los cabos, otros se mantienen y exhortan a recoger la vela. Las disputas mutuas y los motines resultan un vergonzoso espectáculo para los que observan desde fuera y la situación se presenta insegura para los que toman parte y asisten a la navegación. Por ello, muchas veces tras escapar con bien de los más peligrosos mares y las más famosas tempestades naufragan en los puertos y junto a tierra. Y eso es, precisamente, lo que le ha sucedido siempre al régimen político ateniense: unas veces, supera las mayores y más terribles adversidades gracias a las cualidades del pueblo y de sus dirigentes, mientras que otras veces, de forma en cierto modo aleatoria e irracional, yerra en medio de una descuidada negligencia. No hay por qué seguir hablando de este régimen político ni del de los tebanos, en los cuales las masas lo manejan todo al albur de sus propios impulsos, las unas destacando por su puntillosidad y su resentimiento; las otras educadas en la violencia y la ira.
Polibio, Historias, VI 44 2-9.
[2] καὶ γὰρ αὕτη πλεονάκις μὲν ἴσως, ἐκφανέστατα δὲ τῇ Θεμιστοκλέους ἀρετῇ συνανθήσασα ταχέως τῆς ἐναντίας μεταβολῆς ἔλαβε πεῖραν διὰ τὴν ἀνωμαλίαν τῆς φύσεως. [3] ἀεὶ γάρ ποτε τὸν τῶν Ἀθηναίων δῆμον παραπλήσιον εἶναι συμβαίνει τοῖς ἀδεσπότοις σκάφεσι. [4] καὶ γὰρ ἐπ᾽ ἐκείνων, ὅταν μὲν ἢ διὰ πελαγῶν φόβον ἢ διὰ περίστασιν χειμῶνος ὁρμὴ παραστῇ τοῖς ἐπιβάταις συμφρονεῖν καὶ προσέχειν τὸν νοῦν τῷ κυβερνήτῃ, γίνεται τὸ δέον ἐξ αὐτῶν διαφερόντως· [5] ὅταν δὲ θαρρήσαντες ἄρξωνται καταφρονεῖν τῶν προεστώτων καὶ στασιάζειν πρὸς ἀλλήλους διὰ τὸ μηκέτι δοκεῖν πᾶσι ταὐτά, [6] τότε δὴ τῶν μὲν ἔτι πλεῖν προαιρουμένων, τῶν δὲ κατεπειγόντων ὁρμίζειν τὸν κυβερνήτην, καὶ τῶν μὲν ἐκσειόντων τοὺς κάλους, τῶν δ᾽ ἐπιλαμβανομένων καὶ στέλλεσθαι παρακελευομένων, αἰσχρὰ μὲν πρόσοψις γίνεται τοῖς ἔξωθεν θεωμένοις διὰ τὴν ἐν ἀλλήλοις διαφορὰν καὶ στάσιν, ἐπισφαλὴς δ᾽ ἡ διάθεσις τοῖς μετασχοῦσι καὶ κοινωνήσασι τοῦ πλοῦ· [7] διὸ καὶ πολλάκις διαφυγόντες τὰ μέγιστα πελάγη καὶ τοὺς ἐπιφανεστάτους χειμῶνας ἐν τοῖς λιμέσι καὶ πρὸς τῇ γῇ ναυαγοῦσιν. [8] ὃ δὴ καὶ τῇ τῶν Ἀθηναίων πολιτείᾳ πλεονάκις ἤδη συμβέβηκε· διωσαμένη γὰρ ἐνίοτε τὰς μεγίστας καὶ δεινοτάτας περιστάσεις διά τε τὴν τοῦ δήμου καὶ τὴν τῶν προεστώτων ἀρετὴν ἐν ταῖς ἀπεριστάτοις ῥᾳστώναις εἰκῇ πως καὶ ἀλόγως ἐνίοτε σφάλλεται. [9] διὸ καὶ περὶ μὲν ταύτης τε καὶ τῆς τῶν Θηβαίων οὐδὲν δεῖ πλείω λέγειν, ἐν αἷς ὄχλος χειρίζει τὰ ὅλα κατὰ τὴν ἰδίαν ὁρμήν, ὁ μὲν ὀξύτητι καὶ πικρίᾳ διαφέρων, ὁ δὲ βίᾳ καὶ θυμῷ συμπεπαιδευμένος.
En cierto modo, éste [el régimen democrático ateniense] tras un reconocidísimo esplendor gracias a las cualidades de Temístocles, en muchas ocasiones experimentó un rápido cambio en la dirección contraria debido a la inestabilidad de su naturaleza. Muy frecuentemente sucede que el pueblo ateniense se parece a las naves sin gobierno. En ellas, cada vez que en razón del miedo a la mar o a la presencia de una tempestad aparece en los marineros el impulso de actuar con serenidad y prestar atención al capitán, se ejecutan las maniobras de manera brillante. Pero cada vez que se envalentonan, comienzan a despreciar a los comandantes y a enfrentarse unos contra otros por la divergencia de pareceres, justo entonces, unos prefieren seguir navegando, otros instan al capitán para que eche el ancla, otros sacuden fuera los cabos, otros se mantienen y exhortan a recoger la vela. Las disputas mutuas y los motines resultan un vergonzoso espectáculo para los que observan desde fuera y la situación se presenta insegura para los que toman parte y asisten a la navegación. Por ello, muchas veces tras escapar con bien de los más peligrosos mares y las más famosas tempestades naufragan en los puertos y junto a tierra. Y eso es, precisamente, lo que le ha sucedido siempre al régimen político ateniense: unas veces, supera las mayores y más terribles adversidades gracias a las cualidades del pueblo y de sus dirigentes, mientras que otras veces, de forma en cierto modo aleatoria e irracional, yerra en medio de una descuidada negligencia. No hay por qué seguir hablando de este régimen político ni del de los tebanos, en los cuales las masas lo manejan todo al albur de sus propios impulsos, las unas destacando por su puntillosidad y su resentimiento; las otras educadas en la violencia y la ira.
Polibio, Historias, VI 44 2-9.
martes, 1 de febrero de 2011
204.
Otro monólogo. Esta vez le toca el turno a la historia de amor más triste jamás contada:
EURÍDICE
Fui yo quien lo estuve llamando. Resultó difícil que atendiera mi voz, no tanto por estar envuelta en las brumas que la humedad del Hades convoca en los sonidos, como por su severa determinación de continuar el sendero hacia la superficie sin ceder a la concupiscencia que intentaba conferir a mi reclamo. El dios, cediendo a los requerimientos de su esposa, había permitido que se cumpliera la excepción de las excepciones, que rarísima vez le es regalada a la raza mísera de los mortales. Y me ordenó que lo siguiera en silencio hasta las mismas puertas del infierno. Una vez franqueadas, proclamó regio, volvería a ser aquella a la que Orfeo amó con su cuerpo y con su canto. Tanto me había amado aquel hombre que osó emprender el camino que sólo se culmina una vez y tras el cual la vida pasa a ser un recuerdo añorado donde los dolores se difuminan y la dulce rémora de los placeres ocupan el espacio cedido por aquéllos. Nadie piense que me encontré a gusto entre las sombras, convertida ya en una más en medio de las suplicantes de luz. A mí también me atenazaba la evocación de los brazos tensos de mi amado, el arrebato de su posesión, las ondas en que se habían convertido en mi cada vez más limitada memoria los sonidos ajustados y serenos de su lira y de su voz. No me gustaba ser una muerta más, sabiendo como sabía que con el paso del tiempo, Orfeo dejaría de ser la compacta certeza de un cuerpo y un alma para mudarse en una lívida intuición de un pasado cuya fuerza se iría evaporando confundida entre la calima de mi alma. No me atraía sustituir un futuro de amor, pasión y belleza entre las miradas y la firmeza de mi amado por el lamento eterno de mis congéneres. Tampoco me seducía imaginarme, pasado el tiempo, pálida y transparente, sumida en la masa de los muertos, ignorante de que el alma que acababa de acceder al Hades era el despojo evanescente de quien una vez fue mi adorado. Nada de eso me empujó a llamarlo mientras subíamos el camino pedregoso que nos alejaba de la morada infernal. Si hubiera tenido ese cuerpo que, conforme a la promesa del dios, volvería a recubrir el vapor de mi espíritu cuando la luz del sol calentara mi frialdad de muerta, me hubiera visto a mí misma derramando lágrimas mientras me esforzaba por encarnar aquel exangüe silbido con palabras de atracción. Fue pasando el tiempo, el sendero enderezaba su último tramo y los temores se tensaban dentro, en mi interior. Era imprescindible acabar con aquella ficción de una nueva vida tras la muerte. Fue difícil, pero lo conseguí. Orfeo acabó por volverse y mirarme. Tímidamente, al principio; con grandes ojos abiertos, al final. Quizá él entendiera en mi susurro un lamento a la hora de volar al interior del infierno nuevamente, pero lo que en realidad brotaba del vapor de mi alma era un suspiro de alivio. Sabía que Orfeo iba a sufrir. Intuía su destrucción. Pero no podía regresar a su lado. No podía envolverlo con la mórbida humedad del Hades cuando me abrazara en el instante del amor. Aquella Eurídice que había querido no existía ya. Nadie muere y regresa a la vida siendo el mismo, porque la frialdad de la muerte nunca se desprende de la piel recobrada. Aunque un dios lo ordene. Hay poderes que están más allá de su soberbia. Y yo, aunque sólo alma, lo sabía.
EURÍDICE
Fui yo quien lo estuve llamando. Resultó difícil que atendiera mi voz, no tanto por estar envuelta en las brumas que la humedad del Hades convoca en los sonidos, como por su severa determinación de continuar el sendero hacia la superficie sin ceder a la concupiscencia que intentaba conferir a mi reclamo. El dios, cediendo a los requerimientos de su esposa, había permitido que se cumpliera la excepción de las excepciones, que rarísima vez le es regalada a la raza mísera de los mortales. Y me ordenó que lo siguiera en silencio hasta las mismas puertas del infierno. Una vez franqueadas, proclamó regio, volvería a ser aquella a la que Orfeo amó con su cuerpo y con su canto. Tanto me había amado aquel hombre que osó emprender el camino que sólo se culmina una vez y tras el cual la vida pasa a ser un recuerdo añorado donde los dolores se difuminan y la dulce rémora de los placeres ocupan el espacio cedido por aquéllos. Nadie piense que me encontré a gusto entre las sombras, convertida ya en una más en medio de las suplicantes de luz. A mí también me atenazaba la evocación de los brazos tensos de mi amado, el arrebato de su posesión, las ondas en que se habían convertido en mi cada vez más limitada memoria los sonidos ajustados y serenos de su lira y de su voz. No me gustaba ser una muerta más, sabiendo como sabía que con el paso del tiempo, Orfeo dejaría de ser la compacta certeza de un cuerpo y un alma para mudarse en una lívida intuición de un pasado cuya fuerza se iría evaporando confundida entre la calima de mi alma. No me atraía sustituir un futuro de amor, pasión y belleza entre las miradas y la firmeza de mi amado por el lamento eterno de mis congéneres. Tampoco me seducía imaginarme, pasado el tiempo, pálida y transparente, sumida en la masa de los muertos, ignorante de que el alma que acababa de acceder al Hades era el despojo evanescente de quien una vez fue mi adorado. Nada de eso me empujó a llamarlo mientras subíamos el camino pedregoso que nos alejaba de la morada infernal. Si hubiera tenido ese cuerpo que, conforme a la promesa del dios, volvería a recubrir el vapor de mi espíritu cuando la luz del sol calentara mi frialdad de muerta, me hubiera visto a mí misma derramando lágrimas mientras me esforzaba por encarnar aquel exangüe silbido con palabras de atracción. Fue pasando el tiempo, el sendero enderezaba su último tramo y los temores se tensaban dentro, en mi interior. Era imprescindible acabar con aquella ficción de una nueva vida tras la muerte. Fue difícil, pero lo conseguí. Orfeo acabó por volverse y mirarme. Tímidamente, al principio; con grandes ojos abiertos, al final. Quizá él entendiera en mi susurro un lamento a la hora de volar al interior del infierno nuevamente, pero lo que en realidad brotaba del vapor de mi alma era un suspiro de alivio. Sabía que Orfeo iba a sufrir. Intuía su destrucción. Pero no podía regresar a su lado. No podía envolverlo con la mórbida humedad del Hades cuando me abrazara en el instante del amor. Aquella Eurídice que había querido no existía ya. Nadie muere y regresa a la vida siendo el mismo, porque la frialdad de la muerte nunca se desprende de la piel recobrada. Aunque un dios lo ordene. Hay poderes que están más allá de su soberbia. Y yo, aunque sólo alma, lo sabía.
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